Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz Sánchez, periodista

El Diablo en el Prado. Capítulo II. El primer rostro: la serpiente (parte II)

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO II EL PRIMER ROSTRO: LA SERPIENTE (PARTE II)

En este enlace podéis acceder a la primera parte de este capítulo.

“En la Edad Media, época en la que se realizó la pintura mural de “Santa Cruz de Maderuelo”, al Príncipe de las Tinieblas y a su legión se les achacaban todas las enfermedades, desde la parálisis hasta la gota, pero sobre todo las afecciones neurológicas como la epilepsia. Todo histérico se consideraba poseído por el demonio. También iniciaban los incendios, hacían perecer el rebaño, provocaban las tormentas marinas, hacían ganar o perder batallas, rompían los mástiles de las naves en peligro, cambiaban a los hombres en bestias y “cercaban la ciudad terrenal donde los Siete Pecados Capitales (estos pecados son la soberbia, la envidia, la gula, la lujuria, la ira, la codicia -o avaricia- y la pereza. Pueden ser catalogados según las virtudes a las que se oponen y se llaman capitales porque engendran otros vicios) les preparaban un fácil triunfo” (Réau 1996: 82).

En Eva se puede observar a partir del texto de la Sagrada Escritura una mezcla de curiosidad y vanidad. Ella considera detenidamente y con complacencia las propiedades del fruto del árbol. Pueden observarse dos elementos en la consideración (tentación) de Eva, que podría considerarse raíces de todo pecado: la sensualidad -apetecible a la vista- y la soberbia.  La serpiente habría seducido a Eva e, indirectamente, a Adán. Según la promesa de la serpiente, se abrieron los ojos de ambos, pero en un sentido muy distinto al preconizado. No obtuvieron la ciencia prometida, pero sí la conciencia de su culpabilidad traducida en la percepción de su propia desnudez. La lujuria aparece como consecuencia del pecado y no como causa. La moralidad es un inconveniente desde este momento porque se despertó la lujuria.

"Adán y Eva". Alberto Durero, 1507.

“Adán y Eva”. Alberto Durero, 1507. Museo del Prado.

Esto lo podemos ver en las magníficas obras de Alberto Durero, Adán y Eva, firmadas en 1507. Destaca el gesto de fascinación de Adán cuya boca entreabierta describe la emoción del deseo mientras dirige su mirada hacia Eva y el ligero goticismo curvilíneo de ésta, prototipo de la Venus germánica (Luna, Juan 2003 Guía actualizada del Prado, p. 313). Son los dos primeros desnudos de tamaño natural que se hicieron en la pintura del Norte de Europa, siendo un pretexto el asunto bíblico para poner en práctica las enseñanzas que Durero había aprendido en Venecia, entre ellas la práctica del desnudo.

El artista germano concibió a los dos personajes aislados, en lugar de la caída del Pecado Original que quedan simbolizados en la actitud de los personajes y los motivos que les acompañan. Observamos al Diablo en forma de serpiente, caracterizada por el espíritu observador y realista que imprimió. Durero sobre todo en esta figura y en los motivos vegetales, en la esquina superior derecha de la tabla de Eva, encaramada en el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. La serpiente no inspira temor en ningún momento ni deja ver su espíritu maligno, ya que no es la intención del alemán. Adán mira a Eva y ella, por su parte, recoge la manzana facilitada por la serpiente, más alejada de Adán, a quien induce con su gesto a caer en el pecado. Otro elemento de unión de las figuras es la rama de manzano que Adán sostiene cubriendo su sexo, continuando en una curva con la misma que hace lo propio sobre Eva, signo inequívoco de que el pecado les aguarda. La primera mujer es claramente la protagonista, flanqueada por Adán -la Humanidad- y la serpiente -el pecado- (Hernández, Jorge. 1999, Historia Universal del Arte. El Renacimiento p. 59). Ella es también quien sostiene la cartela con la inscripción que data el cuadro y autor.

La imagen de la serpiente como ser maligno no sólo ha sido utilizada en la pintura, sino en todas las artes incluyendo la Literatura. Dante Alighieri menciona a la serpiente en su Divina Comedia [Libro PDF] como una servidora del Diablo encargada de torturar a los condenados y de transformar a los ladrones en ella misma (*). Otro pasaje bíblico en que la serpiente juega un papel primordial es el conocido como “La serpiente de metal” de Anton van Dyck, aborda este tema considerado como una prefiguración de la crucifixión de Cristo, que trae el perdón a la Humanidad y triunfa sobre la serpiente mortal del Pecado Original. Moisés, a la izquierda de la composición, salva a su pueblo de las serpientes enviadas por Dios como castigo por su falta de fe, levantando la vara con la serpiente de bronce que cura simplemente con mirarla a todo el que haya sido mordido, lo que es una cara clara alusión a la salvación.

"La serpiente de metal" Anton van Dyck, 1620. Museo del Prado.

“La serpiente de metal” Anton van Dyck, 1620. Museo del Prado.

La serpiente tentadora ha tenido pocas variaciones en su físico. El cambio más importante que podemos encontrar, en numerosos ejemplos, es la serpiente con cabeza de mujer. Esto puede ser debido a que se pensaba que el Diablo prefería a las mujeres, que eran (según el pensamiento de la época) más proclives a caer en sus encantos. Pierre de Lancre, el cazador de brujas del País Vasco en el siglo XII -al que ya mencioné en el Capítulo I: Elegir la forma para hacer el mal– escribió refiriéndose a la mujer: “Es un sexo frágil, que reputa y a menudo tiene las sugestiones demoníacas por divinas (…) Abundan en pasiones ásperas y vehementes, además de que ordinariamente son de naturaleza húmeda y viscosa” (Pierre, de Lancre, s. XVII; veáse Minois, Georges 2002: Breve historia del Diablo p. 89).

"Tríptico de la Redención" Vranke van der Stockt, 1460. Museo del Prado.

“Tríptico de la Redención” Vranke van der Stockt, 1460. Museo del Prado.

Vranke van der Stockt nos ofrece a la serpiente con rostro de mujer en su “Tríptico de la Redención” en que aparecen Adán y Eva del siglo XV, ambos personajes en primerísimo primer plano siendo expulsados del Paraíso por un ángel. Detrás podemos contemplar el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal con la serpiente con semblante femíneo encaramada en sus ramas.

El Diablo tomará numerosas y diversas formas a lo largo de la Historia del Arte siendo la imagen de la serpiente en el Jardín del Edén, en el Paraíso terrenal, la que se mantiene inamovible en el transcurso de los siglos. Aparece también en otros relatos de la Sagrada Escritura como la Bajada al Limbo de Cristo o Anástasis, en la que Jesús aplasta con la puerta del infierno -que suele ser una piedra de grandes dimensiones- al Diablo que adopta forma de dragón o serpiente haciendo referencia a la segunda venida de Cristo en la que triunfará sobre el mal en el mundo”.

(*) “Espiando, con mirada cuidadosa, serpiente con seis pies, veo que avanza y a uno de ellos [ladrones] se enrosca presurosa. Hunde las patas medias en la panza, con las de arriba ciñe brazo y brazo, y con las uñas hasta el rostro alcanza; las patas bajas, con cerrado lazo, toman los muslos, y la cola erguida entre ambos mete, y roza el espinazo. Jamás la hiedra a un árbol adherida se asió a un tronco y gajos, cual la fiera con los miembros del hombre confundida, pues derretidos, cual caliente cera, uno y ninguno en forma y colorido, era uno otro de lo que antes fuera (…). Una sola cabeza ambos formaban, en  un solo semblante se fundían, bien que rasgos perdidos aún mostraban. De cuatro brazos, dos aparecían: pecho, piernas y vientre, al deformarse, a miembros nunca vistos parecían. El primitivo aspecto al transformarse, de ninguno y de los dos, bulto malvado, a lento paso comenzó a arrastrase. Cual lagarto, en verano, apresurado cruza el camino de otra mata en busca, que parece relámpago animado, así, cual grano de pimienta fusca, lívida sierpecilla que ira enciende, la panza de los otros dos rebusca (…). Hombre y bestia se arreglan de otra norma: se bifurca en la cola la serpiente, y el cuerpo del herido se deforma. Ambas piernas se adhieren fuertemente y cierran de tal modo la juntura, que ni señales de la unión presente. La bifurcada cola, la figura toma del pie, con su pellejo flaco, y la una piel se ablanda y la otra endura. Vi los brazos hundirse en el sobaco, y a la vez de la sierpe vi extenderse de uno y otro costado el pie retaco: sus pies traseros como cuerda tuerce, y en el hombre, aquel miembro que se cela, en dos patas rampantes le destruerce. Mientras el humo al uno y al otro vela, al hombre la sierpe da su escama, y se cubre del pelo que repela. El uno sobre el otro se encarama; y con la mirada en que la llama ardía, cada cual un hocico amalgama. El erguido hacia abajo contra las sienes, y la carne rebosante en orejas y cara convertía. Con la materia posterior sobrante una nariz sobre la faz se planta, y los labios engruesan lo restante. Su hocico el abatido solevanta, y las orejas salen de su testa como sus cuernos caracol levanta. La lengua, que antes era unida y presta, se parte en dos, y la otra dividida, se reúne, y el humo contrarresta. El alma, así en culebra convertida, se escapa por el valle, y va silbando el de pie le despide su escupida; la de la espalda, y dice al otro hablando: ‘Quiero que corra, que se arrastre Boso, cual yo fui por los suelos arrastrando’.” Dante Alighieri “Divina Comedia”, p. 52.

Con este fragmento de la Divina Comedia termina la segunda parte del Capítulo II de El Diablo en el Prado. El primer rostro: la serpiente. El próximo capítulo se titula El Tentador y veremos al Diablo tentando a Jesucristo y a los Santos.

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CristinaSanz

Autor: CristinaSanz

Periodista de la Crónica Negra y el Social Media pasando por Radio Nacional de España. "Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco". Scaramouche, Rafael Sabatini.

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