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Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz Sánchez, periodista

El Diablo en el Prado. Capítulo V. La gran bestia: el dragón (parte I)

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO V. LA GRAN BESTIA: EL DRAGÓN (PARTE I)

 

Viene de Capítulo IV. El Diablo en el infierno: la Anástasis.

“El Apocalipsis de San Juan, escrito a finales del siglo I d. C., aproximadamente a finales del año 95 bajo el reinado de Domiciano, nos narra la aparición del dragón más importante para la iconografía, dada su explícita  descripción de este ser mitológico: ‘Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando en cita, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento. También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí sustenten por mil doscientos sesenta días’ (Ap 12, 1-7).

"Virgen del Apocalipsis". Anónimo, s. XVIII.

“Virgen del Apocalipsis”. Anónimo, s. XVIII.

Esta es la primera aparición del dragón escarlata, que es la serpiente del Génesis, la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás. Es escarlata por la sangre que ha vertido, por su condición de asesino desde el principio (Jn 8, 44), ya que el Diablo es el mal desde el principio de los tiempos. Los diez cuernos indican fuerza y las siete coronas significan su autoridad. Las coronas son coronas reales (diadema) en oposición a las coronas de victoria que usa la mujer. Sus siete cabezas pueden representar los Siete Pecados Capitales, las siete colinas donde se levantó la ciudad de Roma o los siete reyes. Desgraciadamente en el Museo del Prado no tenemos ejemplos pictóricos del gran dragón que persigue a la mujer del Apocalipsis, pero sí podemos observar al dragón en otras situaciones en obras del Prado que después analizaremos.

La mujer vestida de sol ha sido interpretada como la Virgen María o la Iglesia, o ambas conjuntamente, a las que el dragón persigue sin éxito evidenciando el triunfo del bien. En el caso de traducirlo como símbolo de la Iglesia significaría que, a despecho de numerosas y graves persecuciones, está destinada a alcanzar la victoria final sobre las fuerzas del mal.

Y se desata la guerra: ‘ Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados a él. Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis por ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y el mar! Porque el Diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo’ (Ap 12, 7-13). A partir de entonces la obra del Diablo es hacer el mal. Su obra acusadora se presenta por primera vez en las Escrituras del Libro de Job y termina con el Juicio definitivo que se producirá en su contra.

El gran monstruo, el dragón, guardián de un tesoro subterráneo, es básicamente teutónico. Tradicionalmente, la figura del dragón es la de un reptil de gran tamaño con cresta, garras de león y alas, estrecho gaznate a través del cual toma aliento o saca la lengua, que expele fuego por la boca -recordemos que las llamas es uno de los símbolos del Diablo y el infierno-, su fuerza radica no en sus fauces sino en su cola. Puede tener varias cabezas, como ya hemos comentado, aunque esto último no ha permanecido tanto en la imagen tradicional que tenemos del dragón.

Es la mayor de todas las sierpes y en realidad de todos los seres vivos. El demonio es como el dragón. El folklore dice que a menudo sale de su guarida lanzándose al espacio y el aire entorno a él se inflama, pues se cree que el demonio al elevarse de las regiones infernales se convierte en un ángel de luz y engaña a los necios con falsas esperanzas de gloria y goce terrenal (Malexeberría, Ignacio Bestiario medieval, p. 485). La cresta del dragón representa una corona, porque es el rey de la fuerza y la soberbia, y quién  muere bajo sus pies va directo al infierno.

El maestro andaluz Zafra nos muestra la gran batalla del Apocalipsis en “San Miguel Arcángel”, único cuadro primitivo hasta ahora existente en el Museo del Prado, que pertenece a la escuela andaluza de la segunda mitad del siglo XV, en pleno renacimiento español. El enfrentamiento del arcángel con el dragón también lo recoge la Leyenda Dorada de Vorágine.

"San Miguel Arcángel" Maestro de Zafra, 1475. Museo del Prado.

“San Miguel Arcángel” Maestro de Zafra, 1475. Museo del Prado.

La prolijidad de la escena de Zafra, de 242 x 153 cm, sólo podría ser comparable a las escenas demoníacas de El Bosco o Brueghel “el Viejo”. La imagen principesca del arcángel concentra la atención del espectador, deslumbrante en su gesto y porte señorial. Observamos en la obra un campo de batalla convulso por la lucha, a la cual se unen numerosos ángeles, todos muy parecidos físicamente al propio San Miguel, ataviados con túnicas de ricos tejidos, escudos y serenidad en el rostro. En la parte inferior y liderados por el dragón de tonos verdosos, contemplamos una masa de reptiles monstruosos y sabandijas infernales, entre los que se encuentran pequeños dragones, monos e híbridos que escapan de las rendijas del infierno de donde salen llamas.

"San Miguel" Juan de Valdés Leal, 1657. Museo del Prado.

“San Miguel” Juan de Valdés Leal, 1657. Museo del Prado.

El artista destaca la bondad y santidad del Arcángel recreándolo con gran belleza, piel blanca y gestos elegantes. Empuña un mandoble castellano y se defiende con la cruz y el escudo. ‘En el centro del escudo tenemos el reflejo del mismísimo maestro de Zafra, rodeado de figuras de los demonios, como si estos se concentrasen en su taller y él se limitara a copiarlos para realizar su obra’ (Hernández 1999: 17). Otros artistas representan esta misma escena con el Diablo con forma humana y alas de murciélago. Es el caso de la obra “San Miguel” del artista sevillano Juan de Valdés Leal. En este óleo sobre lienzo del pleno Siglo de Oro de la pintura española (siglo XVII), encontramos un Diablo con forma humana pero con alas de murciélago y cola de serpiente vencido por un grandioso San Miguel; una composición inspirada en un tema de Rafael, visto a través del grabado (Luna, Juan Guía actualizada del Prado 2003, p. 97).

La obra de Zafra es ejemplo inequívoco del nuevo motivo que se inaugura en el siglo XV y que se desarrollará en toda su plenitud durante los cien años siguientes, que es el tema de los ángeles rebeldes. El Diablo se convierte en una criatura cada vez más humana, hasta ser casi imposible distinguirlo del propio San Miguel, su oponente natural. Este tema, la confrontación entre el Arcángel y el Tentador, tiene su mayor apogeo durante el Romanticismo.

Pero el Diablo y los demonios no fueron creados malos por Dios, sólo debían pasar una prueba en la que demostrarían su amor por el Creador. El primer ángel se rebeló, el más hermoso e inteligente, e indujo a otros ángeles a hacer lo mismo. El ángel más amado pecó de soberbia por contemplar excesivamente su propia belleza y atribuírsela a sí mismo, de ahí nació su rebelión ante la prueba. La lucha en el cielo de la que habla el capítulo 12 del Apocalipsis fue espiritual (Fortea, José Daemoniacum. Tratado de demonología, p. 52). El Diablo quería ser como Dios aunque sabía que no podía, pero se amó a sí mismo sobre todas las cosas y terminó odiando a quién le había creado tras pecar por propia voluntad, por eso dice Mateo que es homicida desde el principio. Esto trajo como consecuencia el castigo de los ángeles rebeldes. Fueron privados de todos los dones gratuitos que habían recibido de Dios, fueron arrojados al infierno, se les oscureció la inteligencia, se les sembró la voluntad de hacer el mal y se les condenó a sufrir un dolor eterno. También se les privó para siempre de ver a Dios. El fuego en el infierno es el sufrimiento del espíritu por su odio”.

Y así concluye la primera parte de este Capítulo V. La gran bestia: el dragón. En la próxima entrada, la conclusión de este capítulo ahondando aún más en el Apocalipsis de San Juan.

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CristinaSanz

Autor: CristinaSanz

Periodista de la Crónica Negra y el Social Media pasando por Radio Nacional de España. "Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco". Scaramouche, Rafael Sabatini.

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