Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz, periodista

El Diablo en el Prado. Capítulo I.II Un pequeño apunte cronológico (Parte I)

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO I.II UN PEQUEÑO APUNTE CRONOLÓGICO

“La imagen del Príncipe de las Tinieblas no aparece hasta el siglo V dominado por símbolos zoomorfos del mal (Elvira, M. A. “De Hades a Satán: un problema iconográfico de la Anástasis bizantina” en “El diablo en el monasterio” VIII Seminario sobre historia del monacato, pp. 131-149). La primera representación puede ser un mosaico en Sant’Apollinare Nuovo en Rávena (Italia), que data aproximadamente del año 520. Cristo aparece sentado como Juez, a su derecha encontramos un ángel de color rojo debajo del cual se reúnen corderos y a su izquierda un ángel azul-violeta encima de machos cabríos.

Mosaico de Sant'Apollinare Nuovo. Posiblemente, la primera representación del Diablo. VI.

Mosaico de Sant’Apollinare Nuovo. Posiblemente, la primera representación del Diablo. VI.

De estos siglos no nos han llegado muchas imágenes malignas, pero sí se puede hacer una clasificación. En primer lugar nos encontramos con la más bella imagen del maligno, representado en la mayoría de las casos, como un ángel de belleza juvenil y poder como en el caso de Sant’Apollinare Nuovo de Rávena. La segunda imagen representa a los demonios, el ejército que acompaña al Príncipe de las Tinieblas. Es el modelo iconográfico más antiguo que se conserva ya que aparece en los siglos V y VI, como por ejemplo en el Díptico Murano, obra de marfil que se conserva en el Museo de Rávena, donde aparece el maligno surgiendo de la cabeza de un endemoniado como una pequeña figura gesticulante, sin facciones en la cara. Por último, la tercera imagen es la mayor, más poderosa y corpórea que representa al Diablo en sí mismo. Presenta un color negruzco de piel, bien formado físicamente, con una vestimenta ligera y grandes alas negras de ave, aunque con el tiempo estas alas evolucionarán en la icnonografía a alas de murciélago.

Es una imagen casi siempre masculina, aunque en ocasiones se representen diablesas con la intención, en la mayoría de ocasiones, de tentar a hombres incautos. Puede tener en una mano un tridente u otro instrumento para atormentar a los condenados, que no son más que los mismos instrumentos que utilizaban los carceleros antiguamente (Link, Luther “El Diablo. Una máscara sin rostro” p. 82).

Los demonios suelen estar siempre en las calderas del infierno, también en las cabeceras de algunos moribundos preparados con un gancho para llevarse su alma. Tiran de los platillos de las malas acciones en la balanza de la Justicia, antiguo motivo egipcio donde el dios Anubis pesaba el alma del muerto en la balanza. Si pesaban más las acciones réprobas el destino del alma era el infierno.

Un hecho importante es la aparición de la iconografía de la Anástasis, o el descenso de Cristo al Limbo, alrededor del año 700, donde aparece un nuevo ser conocido como Hades. No se debe confundir la deidad pagana del mismo nombre; este Hades para los tratadistas latinos representa la personificación del Más Allá, el lugar donde iban los muertos antes de la Redención. Su asimilación por parte de la iconografía cristiana fue fácil. Hades aparece como un ser antropomorfo capaz de actuar y hablar como un hombre en los Evangelios Apócrifos, que describen la Bajada de Cristo al Limbo, que son el “Evangelio de Nicodemo” y el “Evangelio de Bartolomé”. Tenemos un pequeño ejemplo en el Retablo del Arzobispo Don Sancho de Rojas, donde Cristo aplasta al diablo con la gran puerta de piedra del infierno, simbolizando la victoria final del bien sobre el mal.

Retablo del Arzobispo Don Sancho de Rojas. Anónimo español, XV.

Retablo del Arzobispo Don Sancho de Rojas. Anónimo español, siglo XV.

 

El periodo iconoclasta tuvo mucha influencia en la iconografía del Diablo y sus hordas, sobre todo a partir del año 843, cuando triunfa la tesis de que las imágenes son positivas siempre que no sean el objeto único de adoración. Se destruyeron imágenes, se quemaron libros miniados y se borraron frescos, pero lo que quedó fue suficiente para recuperar las tradiciones iconográficas y, por supuesto, la del Diablo. Esta recuperación súbita de imágenes propició décadas de intensa actividad artística. La imagen de un Diablo bello casi desaparece por completo, pero la figura del Ángel Caído no se extingue por completo aunque relegada a iconografías marginales. Con esto se consuma un rechazo hacia la figura del Diablo como un ser juvenil y agradable, lo que impide representar la fuerza y el poder que se supone al primer ángel rebelde. Se toma entonces otro camino en la iconografía del Diablo presentándolo como un ser desagradable a la vista, con el fin de que infunda miedo, no que atraiga como podía ocurrir con las imágenes de un Diablo hermoso. Los artistas comienzan a considerar que se debe incorporar a esta figura rasgos más demoníacos, aunque muchos simplemente optan por teñir su piel de color negro o azul oscuro e incluso verde, y se le busca hogar entre las llamas.

Historia sagrada de la vida de los santos. Edición de 1672.

Historia sagrada de la vida de los santos. Edición de 1672.

A partir del siglo IX las representaciones del Diablo se hicieron más numerosas y variadas. Razones de este rápido auge fue la popularidad de las homilías y las historias de vidas de santos en las que los poderes del Mal desempeñan papeles destacados. En el arte medieval temprano, el mismo infierno era representado como un personaje lo mismo que el Diablo; la muerte también era personificada con frecuencia, pero habitualmente se la distinguía claramente de Lucifer.

El Diablo figuraba a menudo en escenas de expulsiones de demonios a cargo de Cristo o los apóstoles, la caída de los ángeles del cielo o su expulsión por San Miguel, la tentación de Adán y Eva, la tentación de Cristo y otras escenas. Algunas figuras del Viejo Testamento como el faraón o Goliat eran símbolos de Satán (Burton, Jeffrey “Lucifer: El diablo en la Edad Media” p 238), y las historias de Jonás y Job ofrecían ocasiones para que los artistas se animasen a retratarlos.

El Príncipe de las Tinieblas con forma humana dominó el plano artístico desde el siglo IX hasta el XI. El animal o la forma monstruosa destacaron cada vez más a partir del siglo XI, en gran medida influenciado por la reforma monástica y su vuelta a las preocupaciones de los Padres del Desierto. Los demonios animales y monstruosos tendían a seguir las formas sugeridas por la Escritura, la teología y el folklore, pero en otras ocasiones los artistas elegían la forma del mal según su propia fantasía, que al copiarse unos a otros dibujaron rasgos del Diablo que persisten en la imaginación colectiva de nuestros días.

En definitiva, durante la Edad Media se mantiene un concepto simbólico. El Diablo y el infierno se representan casi exclusivamente con el fuego y Leviatán, cuyas fauces representan la puerta del infierno. Tres símbolos importantes que se mantienen durante todos los períodos artísticos son las llamas, el llanto y el grito como expresión del sufrimiento y el dolor que simbolizan tanto el Diablo como el infierno”.

Y hasta aquí por hoy. En la segunda parte de este Pequeño apunte cronológico de “Iconografía del Diablo en la pintura del Museo del Prado” os contaré qué paso con el Diablo en el Renacimiento y el Barroco.

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Cristina Sanz Sánchez

Autor: Cristina Sanz Sánchez

Periodista de Crónica Negra y Judicial. Especialista en Comunicación Corporativa y Social Media, pasando por Radio Nacional de España. "Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco". Scaramouche, Rafael Sabatini.

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