Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz Sánchez, periodista

El Diablo en el Prado. Capítulo III. El Tentador

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO III EL TENTADOR

Viene de El primer rostro: la serpiente (parte II).

“‘Entonces Jesús fue  llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el Diablo. Después de ayunar 40 días y 40 noches, sintió hambre. El tentador se acercó entonces y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios di que estas piedras se vuelvan panes’. Él respondió: ‘Escrito está: No de pan vive el hombre, sino toda la palabra salida de la boca de Dios’. Luego le llevó consigo el Diablo a la ciudad santa, le puso en el alero del Templo y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará y en las manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna’. Jesús le dijo: ‘También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios’. De nuevo le llevo consigo el Diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria y le dijo: ‘Todo esto te daré, si te postras y me adoras’. Entonces Jesús le dijo: ‘Atrás, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, a Él sólo servirás’. Entonces le dejó el Diablo y los ángeles llegaron y se pusieron a servirle’. Mt 4, 1-7.

El Diablo desde el inicio  de los tiempos ha tentado al ser humano e incluso al Hijo de Dios como se narra en el Evangelio de San Mateo. Las tentaciones de Cristo no forman parte de su vida pública porque ocurren entre Cristo y Satanás, sin testigos. Los apóstoles cuentan lo que Cristo quiso revelarles. Este es un tema tardío en la iconografía, que apareció en la época carolingia (Réau, Louis. Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia. Nuevo Testamento p. 319). Cristo está casi siempre de pie, aunque a veces también lo podemos encontrar sentado en un tronco de árbol y sosteniendo en sus manos el Libro de las Escrituras, del cual tomó todas sus respuestas para vencer al Maligno.

Las Tentaciones en el desierto, insertadas por los evangelistas en la vida de Jesús, tienen su razón de ser en que la mayoría de las leyendas populares señalaban al desierto como la principal morada de los demonios. Mientras las altas montañas, como por ejemplo el monte Sinaí, y los lugares elevados llamaban a la plegaria y acercaban a Dios, el desierto, donde los hombres se confunden por el hambre, los espejismos y la soledad, es más proclive a albergar fantasmas y tentaciones.

Detalle de "Escena judía del sacrificio y Tentaciones de Cristo". Sandro Botticelli, 1482.

Detalle de “Escena judía del sacrificio y Tentaciones de Cristo”. Sandro Botticelli, 1482.

El Tentador en esta ocasión tiene dos formas principales de representación. En una el Diablo aparece con una forma repulsiva y lo más terrorífica posible, generalmente con pelo, cuernos en la cabeza, garras y alas de murciélago. Por otro lado, también se le representa disfrazado de ángel o monje, en definitiva, con una apariencia más tranquilizadora para engañar más fácilmente a Cristo. Este último tipo de representación ha sido utilizado no sólo en las Tentaciones de Cristo -pasaje del que desgraciadamente no tenemos ejemplo en la pintura del Museo del Prado- sino también en las tentaciones de santos con prolijidad.

Las Tentaciones de Jesucristo han tenido varias interpretaciones simbólicas. Según los teólogos de la Edad Media, las tres victorias de Cristo sobre Satanás representan el triunfo sucesivo sobre los tres pecados capitales del orgullo, la gula y la avaricia. Este relato tiene su prefiguración en la historia de David. El pecado de la gula  se corresponde con Daniel matando de indigestión al dragón babilónico; el pecado de soberbia con David matando al gigante Goliat y la avaricia de David dando muerte al león y al oso. También se compara con la lucha de San Miguel con el dragón -analizada en Elegir la forma para hacer el mal– y en oposición al pecado de Adán. Además, la tentación del Diablo a Jesús incitándole a transformar las piedras en panes para mitigar su hambre tras cuarenta días de ayuno, ha sido interpretado por diversos autores con un sentido Eucarístico.

La hagiografía es muy rica en cuanto a este tipo de relatos. San Antonio Abad, también llamado San Antonio Anacroneta, disfruta de numerosas obras en su honor que ilustran las tentaciones que ejerció el Diablo sobre él. Fue uno de los primeros Padres del Desierto a mediados del siglo IV. Por ello en muchas de sus representaciones artísticas aparece con demonios que se han convertido en atributos propios del santo, ya que como hemos señalado, el desierto era considerado morada de seres malignos.

Este santo nacido en Egipto fue uno de los primeros ermitaños de la historia de la Iglesia. Retirado durante veinte años en el desierto de Tebaida, sufrió innumerables tentaciones de las que salió victorioso. El Tentador se le mostraba bajo la apariencia de serpientes, dragones y todo tipo de animales fantásticos. Al final de su vida reunió en torno a su persona a otros eremitas a los que guió espiritualmente. Por ello, San Antonio es considerado el fundador de la vida monástica y el primer Abad del cristianismo.

En el arte suele aparecer como un anciano barbudo que viste hábito con capucha, bastón generalmente en forma de “tau” (letra en forma de T que puede simbolizar la palabra “Teos” y que significa Dios) o esta misma letra como insignia, una campanilla para ahuyentar a los demonios y un cerdo. La presencia de este animal se explica porque los monjes antonianos criaban cerdos para utilizar su grasa en la curación de la enfermedad llamada “fuego de San Antonio” o “mal de los ardientes”, que era un herpes muy común en la Edad Media, producido por el cornezuelo del centeno y que llenaba de llagas el cuerpo del enfermo.

Las tentaciones de este santo en el desierto, relatadas por Atanasio hacia el año 360 en la Vida de San Antonio y por Jacopo della Vorágine en la Leyenda Dorada dieron  una gran libertad a los artistas para imaginar y pintar todo tipo de monstruos y seres malignos, además de sugerentes mujeres que tientan al santo en la lujuria, una de las armas preferidas del Maligno. Estas obras de la literatura son clásicos que han alimentado la imaginación tanto de clérigos como de artistas, entre los que podemos encontrar a Dalí o El Bosco.

"Tentaciones de San Antonio" Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.

“Tentaciones de San Antonio” Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.

A diferencia de las Tentaciones de Cristo, varias son las muestras artísticas que encontramos en el Prado de las Tentaciones de San Antonio. Un hermoso ejemplo lo tenemos de la mano del pintor flamenco del siglo XVI, Pieter Coecke van Aelst, en su obra “Tentaciones de San Antonio”. Evoca al Bosco en los motivos monstruosos y fantásticos, el artista utiliza las dos formulaciones antes comentadas para representar a los demonios. Encontramos a la derecha de la composición una bella mujer desnuda que intenta hacer caer al santo en el pecado de la lujuria, ofreciéndole una copa llena de bebida. A su lado, la vieja alcahueta intenta propiciar el encuentro pecaminoso entre San Antonio y la joven, a lo que el santo se resiste fuertemente apoyándose en las Sagradas Escrituras. Detrás de esta escena principal observamos  un paisaje infernal inundado por pequeños demonios que intentan hacer de las suyas, pero sin tentar al santo ya que en esta pintura aparecen como atributos de San Antonio. Volviendo a la pintura de Van Aelst, podemos observar a los demonios afanados en destruir una villa que ya es pasto del fuego. El fuego es uno de los símbolos del infierno, algo que desconoce el pintor flamenco, y que aprovecha para evocar la morada de Lucifer en la obra.

El Diablo siempre tienta a la humanidad. Jesucristo viene a la tierra para el gran combate contra el mal que representa Lucifer. En el Nuevo Testamento el Diablo está presente en multitud de pasajes. Sólo hace falta leer los relatos de poseídos, en los discursos de Cristo y, por supuesto, las tentaciones. Incluso es acusado de impulsar a Judas a traicionar a su Maestro y más tarde a Cristo se le acusará de actuar con la fuerza de Belzebú. Raíz de todos los males, según la creencia cristiana, es inevitable que este personaje sea juzgado”.

Y así concluye este capítulo de El Diablo en el Prado. El próximo, el cuarto ya, se titula El Diablo vencido en el infierno: la Anástasis

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Cristina Sanz Sánchez

Autor: Cristina Sanz Sánchez

Periodista de Crónica Negra y Judicial. Especialista en Comunicación Corporativa y Social Media, pasando por Radio Nacional de España.
“Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco”. Scaramouche, Rafael Sabatini.

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