Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz Sánchez, periodista

El Diablo en el Prado. Capítulo VIII. La morada del Diablo: el infierno

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO VIII. LA MORADA DEL DIABLO: EL INFIERNO (PARTE I)

La entrada anterior a ésta de “Iconografía del Diablo en la pintura del Museo del Prado” es el Capítulo VII. Varios rostros, varios nombres.

“La percepción del ‘más allá’ ha ido acompañada durante siglos de miedo y angustia del infierno. El concepto de infierno como lugar subterráneo se fue prefigurando desde épocas remotas. Ya en el antiguo Egipto, como anteriormente comentamos, el dictamen de un tribunal conformado por cuarenta y dos jueces presidido por Osiris, dios de los muertos, determinaba la morada del alma del difunto. Si en la balanza de Anubis pesaban más las acciones réprobas, el destino era el temido infierno.

Varios textos egipcios recogían los castigos infernales de manera amplia. Los Textos de las Pirámides, el Libro de los Muertos, los Libros del Amduat (*), describían todos los tormentos imaginables, destacando la omnipresencia del fuego como elemento infernal indispensable, además de las serpientes con bocas llameantes, los ríos ígneos e inmensos calderos hirvientes.

En Mesopotamia, el hemisferio inferior del universo estaba asignado a los muertos. La propia tumba o un viaje al extremo occidental eran los accesos al mundo subterráneo. En Siria ugarítica se accedía al submundo a través de dos montañas, morada de Mot (Gómez, Nora Marcela La literatura y el arte infernal, en Discursos y representaciones en la Edad Media. Actas de las VI Jornadas Medievales, p. 575), personificación de la muerte para esta cultura, que aparecía representando con grandes fauces de bestia que eran el acceso definitivo al más allá, algo que recuerda inevitablemente al Leviatán de Job.

Santa María la Real. Portada meridional. Detalle del tímpano: representación de la pesada de almas por San Miguel y a su lado, el infierno. Sangüesa, Navarra.

Santa María la Real. Portada meridional. Representación de la pesada de almas por San Miguel y el infierno. S. XII-XIII Sangüesa, Navarra.

El Hades griego designa tanto al recinto de los muertos como a la deidad infernal, aunque en la Anástasis cristiana como ya hemos visto-, Hades aparece como un personaje completamente diferente a la concepción griega. Pero del Hades griego hablaremos posteriormente.

Uno de los problemas que presentaba en épocas antiguas la representación artística de la morada del Príncipe de las Tinieblas, así como de él mismo, es que en los libros canónicos del Nuevo Testamento no ofrecen descripciones precisas acerca del más allá. En los siglos II y III, la creciente influencia de cultos orientales repletos de demonios, la angustia escatológica de muchas sectas, hicieron que se generalizara la idea del infierno. Surge entonces una literatura fuera de las obras canónicas denominada apócrifa y apocalíptica. En el ámbito judío las obras más importantes para la iconografía infernal son el Libro de Enoc, el Apocalípsis de Baruc y el Libro de Esdras, donde se describen los lugares infernales, las torturas con fuego, los castigos, etc., imponiendo a su vez la idea de un infierno purificador y curativo.

Le grand kalendrier et compost des Bergiers. Nicolas Le Rouge, 1496.

Le grand kalendrier et compost des Bergiers. Nicolas Le Rouge, 1496.

En la literatura apócrifa cristiana destacan el Apocalipsis de Pedro y la Visión de San Pablo, dónde también se describen castigos infernales. El Evangelio apócrifo de Nicodemo narra el descenso de Cristo a los infiernos para liberar a los justos, pese a la discusión que mantiene Satán y Hades para prohibirle la entrada. De estos textos, de los siglos II y III podemos decir que existe una visión oficial que cumple con las expectativas de la fantasía popular primitiva, pero que también fue adoptada por los ambientes clericales para utilizar sus imágenes terribles en la persuasión de los fieles para que no pecasen. Pero a pesar de este interés, el folklore y la leyenda presentaban al Diablo como un ser ridículo e impotente, con varias personalidades y nombres, con el rostro en el abdomen y trasero, cuernos, cola, pezuñas y cubierto de pelo. Esto es debido a reminiscencias de viejas culturas mediterráneas como la cultura celta, la teutónica y la eslava. Entre sus múltiples actividades, el Diablo folklórico escribe cartas, lo que generó un verdadero género satírico anticlerical durante los siglos XIII y XIV.

El infierno ocupó buena parte del imaginario occidental en el arte. Y no sólo de él, sino también en la predicación cristiana que lo utilizó como una amenaza frecuente en los sermones. Llamado también Tártaro (**), que viene del latín tartarum -nombre con el que era conocido en general las manifestaciones infernales; Fortea, José A. Daemoniacum. Tratado de demonología, p. 75-, es un misterio oscuro, un problema negro. Su tratamiento se presta a todas las deformaciones y siempre ha tendido a evocar los peores monstruos del subconsciente.

En el arte medieval, el infierno no fue representado hasta el siglo XII. De hecho, no aparece como motivo iconográfico independiente sino que se encuentra dentro de la temática del Juicio Final. Pero en esta época el infierno también quedó simbolizado en la boca de Leviatán, que los artistas tradujeron literalmente de los versículos de Job (cap. XLI). Sólo se permitía la irrupción del elemento popular y folklórico en el tratamiento de la figura del Diablo y sus acólitos”.

(*) “Los Libros de Amduat, o Libro de la Cámara Secreta como era conocido por los egipcios, describe el recorrido de Ra durante las doce horas nocturnas por el mundo subterráneo de los difuntos. Representa el primer intento de dar a conocer, de forma detallada, la cartografía del Más Allá con el fin de orientar al difunto rey y asegurar su renacimiento”. Véase Willis, Roy Mitología. Guía ilustrada de los mitos del mundo, p. 55.

(**) “En la mitología clásica aparece como la religión más profunda del mundo, situada debajo de los infiernos. Constituye uno de los cimientos del universo. Las leyendas cuentan que allí las diferentes generaciones divinas encerraban a sus enemigos”. Véase Grimal, Pierre Diccionario de mitología griega y romana, p. 493.

Y así concluye esta primera parte de La morada del Diablo: el infierno de mi trabajo fin de carrera “Iconografía del Diablo en la pintura del Museo del Prado”. En la próxima entrada de la categoría de Iter Criminis Blog, El Diablo en el Prado, la segunda parte con el infierno de El Bosco.

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Cristina Sanz Sánchez

Autor: Cristina Sanz Sánchez

Periodista de Crónica Negra y Judicial. Especialista en Comunicación Corporativa y Social Media, pasando por Radio Nacional de España.
“Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco”. Scaramouche, Rafael Sabatini.

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