Iter Criminis. Camino del Delito

Por Cristina Sanz, periodista

El Diablo en el Prado. Un pequeño apunte cronológico (Parte II)

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ICONOGRAFÍA DEL DIABLO EN LA PINTURA DEL MUSEO DEL PRADO

CAPÍTULO I.II UN PEQUEÑO APUNTE CRONOLÓGICO (PARTE II)

“En el paso al Renacimiento se pierde el carácter conceptual y se opta por dar más importancia al paisaje para representar los temas diabólicos, con la pauta de no hacer legendario lo que realmente es un misterio, pero con aire hermético y onírico. La Iglesia cada vez va a ser más reacia a permitir que se imagine algo que dar lugar a confusión, además de que la Inquisición ejercía una fuerte censura sobre todos los ámbitos de la vida, muy especialmente en el artístico. Pero podemos decir que en el Renacimiento nuestro personaje presenta rasgos animalescos, con orejas grandes (como de ganado), patas de águila y zorro, alas de murciélago, colmillos, etc. En sus cuerpos peludos se observan los colores oscuros, tienen dientes grandes y alrededor de su boca un rojo intenso. El lugar donde se representa este tipo diablos es de forma cavernosa con hoyos llenos de personas, rodeadas de fuego y a su vez envueltos por serpientes y cuerpos sangrantes, rodeados por piras de fuego (Di Nola, Alfonso “Historia del Diablo” p. 34).

El Renacimiento añade a todo este imaginario un tinte de locura que se va a centrar en el Diablo como símbolo de la neurosis permanente del hombre civilizado. Esta ambigüedad la podemos encontrar en la magnífica obra de El Boso El jardín de las delicias (Nota actual y personal: es mi obra favorita, la primera vez que la vi, años antes de la realización de esta tesina, me quedé 20 minutos sin poder articular palabra), en la que nos encontramos ante un paraíso que bien puede parecer un infierno y viceversa. En este cuadro hay locura pero no inhibición, la sexualidad es totalmente libre, sin vergüenza. Así no es de extrañar que el Diablo atraiga más a la gente que Dios.

    • En este enlace podéis disfrutar de la audioguía de El jardín de las Delicias del Museo del Prado.
El jardín de las delicias o La pintura del Madroño. El Bosco. XV, entre 1480 y 1490.

El jardín de las Delicias o La pintura del Madroño. El Bosco. XVI, entre 1500 y 1505.

 

La Iglesia católica reacciona  y en la Contrarreforma se intenta hacer frente a los protestantes no permitiendo, entre otras cosas, que los artistas utilicen su imaginación libremente para realizar una obra artística de carácter religioso que no coincida rigurosamente con los textos bíblicos. Tras el Concilio de Trento de 1545 se codificarán las representaciones del Diablo. A partir de entonces la premisa indispensable que debían acatar los artistas en sus creaciones en el decoro.

Francisco Pacheco, maestro y suegro de Diego Velázquez, en su obra literaria “El arte de la pintura”, enumera las siete impropiedades más frecuentes en la representación del Juicio Final, que también era aplicables a otras representaciones religiosas. Con “impropiedades”, Pacheco se refiere a faltas de propiedad o decoro, no a abusos o errores. Ilustran fielmente el espíritu de la época contrarreformista. Las impropiedades que afectan a nuestro objeto de estudio son claras: ‘ Pintan también diferentes figuras de demonios atormentando a los malos con variedad de tormentos, y algunos, indecentísimamente, conforme a los pecados que cometieron; lo cual representan antes de ser juzgados, ni haber acabado de resucitar. 7ª Asimismo, se una boca de infierno, como de sierpe o monstruo, con llamas de fuego que recibe a los condenados y otras mil imaginaciones de pintores, a su albedrío, y sin fundamento, sólo siguiendo unos a otros. De todo lo cual yo me aparté, como veremos más adelante, con el parecer y sentimiento de hombres doctos’ (Pacheco, Francisco “El arte de la pintura” p. 310).

Con este tipo de tratados se intentaba evitar que, con la excusa del motivo religioso, los artistas plasmasen imágenes indecorosas como desnudos impúdicos, aberraciones, imágenes desagradables, etc. Pacheco también critica la prolífica imaginación de muchos artista que crean escenas que no se ajustan al texto bíblico. La Iglesia cultivó las bellas artes, en cierta medida, como medio propagandístico que manifieste  seriedad y respeto hacia las Sagradas Escrituras.

El arte de la pintura. Francisco Pacheco. 1649

El arte de la pintura. Francisco Pacheco. 1649

Los demonios durante este período artístico tienen cuerpos más humanos que los del Renacimiento, figuras gruesas pero detallando la anatomía del cuerpo y la fealdad espiritual del maligno debe traducirse en su monstruosidad física e infundir horror y miedo. Pacheco recoge en su obra las palabras de San Juan Crisóstomo, que nos da una visión exacta de la iconografía del protagonista de nuestro estudio y sus legiones en la Contrarreforma: ‘Los demonios no piden determinada forma y traje, aunque siempre se debe observar en sus pinturas representen su ser y acciones, ajenas de santidad y llenas de malicia, terror y espanto. Suélense y débense pintar en forma de bestias y animales crueles y sangrientos, impuros y asquerosos, de áspides, de dragones, de basiliscos, de cuervos y milanos, nombres que les da Bruno. También en figuras de leones, nombre que le da San Pedro, I Epístola, cap 5; en figura de ranas Apoc. 19, 13La pintura más común es de dragón y serpiente, que esta figura tomó él para engañar a nuestros primeros padres, y como le salió tan bien el engaño, lo repite y toma este aspecto (dice San Agustín, Lib. II de Gene. Ad Lute.28) para acreditar su primera hazaña y porque tiene no sé qué género de familiaridad con estas bestias, y porque esta forma es de naturaleza horrible, monstruosa y fuerte y está dotada de una vigilancia grande y aguda vista. Y se dice dragón, porque ve mucho, y así le llama la muchas veces la Divina Escritura. Apoc. 12, 13, Isai. 27 y Job 40, 20, Ps. 90, 13, Ps. 103, 26. Y juzgaban los antiguos que el dragón era una naturaleza inmortal, como refiere Pilón Bibliot’ (Pacheco, Francisco “El arte de la pintura” pp. 570-571).

En el Barroco se vuelve a la inspiración original del Diablo angélico, el ángel caído de belleza sobrenatural y atractiva. Los demonios durante este período artístico tienen cuerpos más humanos que los del Renacimiento, figuras gruesas pero detallando la anatomía. Incluso se busca la perfección de los cuerpos. Se conservan los rasgos animalescos, con pequeños cuernos en la cabeza y garras en los pies, pero sus rostros son más humanos y suelen ser más expresivos para así demostrar sus sentimientos, sufrimientos y, en definitiva, sus emociones, dando un carácter más dramático y grandioso a las obras. De este modo se evitan los equívocos en que podrían caer los fieles.

La pintura flamenca, sobre todo la barroca, destaca por ser especialmente prolífica en las representaciones artísticas religiosas y, por lo tanto, en las figuraciones del Diablo y su morada subterránea. La pintura flamenca carece de precedentes de gran formato, a excepción de las vidrieras, pero sí en las miniaturas de las que posee una larga tradición de altísima calidad. Esto determina algunas de las características del arte flamenco, como es el empleo de colores brillantes y el detallismo de las obras pequeñas que ahora es aplicado a trabajos de gran tamaño. El Bosco es uno de los artistas más representativos, con una gran imaginación que nos ofrece algunas de las escenas diabólicas e infernales más bellas‘.

En la siguiente entrada ya nos metemos en el núcleo de “Iconografía del Diablo en la pintura del Museo del Prado” con el Capítulo II. El primer rostro: La serpiente. Espero que os guste.

Actualización: Estoy muy orgullosa de que mi trabajo fin de carrera “Iconografía del Diablo en la pintura del Museo del Prado” haya sido alabado por la propia pinacoteca a través de su perfil de Twitter. Es un honor que quería compartir con vosotros.

 

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Cristina Sanz Sánchez

Autor: Cristina Sanz Sánchez

Periodista de Crónica Negra y Judicial. Especialista en Comunicación Corporativa y Social Media, pasando por Radio Nacional de España. "Nació con el don de la risa y con la intuición de que el mundo estaba loco". Scaramouche, Rafael Sabatini.

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